La Gran Batalla de Venalta I - Luis González

En un bosque enorme, tan brillante como el sol, con árboles poseedores de hojas de cristal que hacían relucir aún más la densa arboleda; se encontraba un príncipe y su reino luchando en una voraz batalla en contra de los Kelkit, una organización conformada por gigantes de todo tipo, trols, duendes y brujas que querían apoderarse de los terrenos de Venalta, el reino de dicho príncipe-, quien luchaba ferozmente contra su contraparte, una copia exacta de él, hecha con magia oscura; pero no debemos adelantarnos mucho a los hechos…

Unas horas antes, delante del castillo del príncipe, una construcción enorme hecha con cristal con torres que tocaban las nubes; se encontraba este príncipe, un joven de unos diez años tan valiente como un león y veloz con la espada como lo es un colibrí con sus alas, apuesto como su padre –el antiguo Rey de Venalta-, con una belleza infantil incomparable, tan grande era su belleza que todos sus oponentes reían ante tan simpático oponente pero todo eso cambiaba cuando Jarz desvainaba su espada y la blandía con agilidad acabando con ellos, todos y cada uno, corrían atemorizados a esconderse en las oscuras madrigueras que les servían de refugio.

Jarz estaba rodeado de la multitud que constituía su reino: animales de todo tipo, osos que rugían a cervatillos para alejarlos de su zona de confort, caballos salvajes que se arremolinaban abriéndose paso en las zonas llanas, castores que luchaban por un puesto delante cerca del príncipe y pumas que se postraban con indiferencia detrás de toda la turba; pero su reino no constaba únicamente de bolas de pelo discutiendo entre sí, también hacían presencia Ninfas formaban un grupo aparte de estas bestias mirándolos con desprecio, pero algunas lo hacían con amor, súcubos que miraban a los lados buscando hombres para corromper, hechiceras, enanos y elementales que juntos constituían la zona de magia en el reino, eran sólo un resumen de los seres que ahora se encontraban allí.

La noche comenzaba a caer sobre el bosque y Jarz el príncipe temía que esto dificultase la lucha de sus seguidores, llevaba todo el día formando estrategias con ellos, luchando contra sus alborotos, para que cada uno de ellos estuviese luchando en el lugar adecuado. Gruñidos, gemidos, risas y gritos se levantaban sobre la multitud de un momento a otro, el príncipe había perdido el control de la misma.
Un grito espantoso se abrió paso por los tímpanos de todos los presentes, desgarrando los canales auditivos de cada uno para así crear el silencio nuevamente; la banshee, había sido la autora de tan desgarrador llanto para acallar  el bullicio de los habitantes, el príncipe le dedicó una mirada de agradecimiento y procedió a hablar a la multitud.

-Ciudadanos de Venalta, las tropas Kelkit deben estar aproximándose al límite del bosque que nos separa de ellos. –se detuvo para posicionarse en un lugar más alto. –En lo que el primer trol cruce nuestras fronteras, una alarma se activará en todo nuestro reino alertándonos de la intromisión, en ese momento sabremos que es la señal de que la batalla acaba de comenzar.

Murmullos corrieron por cada una de las gargantas presentes y gemidos de aprobación rápidamente se elevaron por toda la trulla. 
-Así que luchen con ferocidad, muerda, rasguñen, desgarren; defiendan sus hogares, batallen por su familia, combatan en nombre de su legado, pero sobretodo. –Jarz hizo una pausa mientras desvainaba su espada. -¡Luchen por su libertad y no se permitan ser capturados!

La turba del pueblo comenzaba a excitarse por el discurso de su líder, cuando éste finalizó, gritos de algarabía inundaron toda la zona, alzaban sus picos, pinchos y dagas hacia el cielo, algunos levantaban sus puños o garras y aquellos que tenían el privilegio, alzaban sus espadas desnudas hacia el príncipe. 

La multitud fue callada una vez más, pero esta vez la causa de ese silencio no fue la Banshee; esta vez era la alarma -ésa que alertaba la proximidad del enemigo-; el príncipe Jarz escaló con velocidad y destreza un pequeño muro que se encontraba cerca, desde la cima pudo observar lo que se aproximaba.

El sol terminaba de ocultarse y con su huida venía la horda de los Kelkit, casi no se distinguían entre el brillo natural del bosque, pero una vez el sol se había desvanecido en el horizonte, la llamarada de antorchas se destacó en la lejanía. Tambores de guerra hacían un delgado eco que llegaba a sus oídos y el miedo de la guerra que se aproximaba invadía a cada habitante de Venalta, la tensión en el ambiente era letal, pues los Kelkit, habían llegado.


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