La Gran Batalla de Venalta II - Luis González

El príncipe y sus seguidores saltaron a la batalla, corrían en grupos según la estrategia de Jarz, las hechiceras iban delante creando escudos a los animales salvajes que corrían detrás de ellas, los enanos a sus lados iban forjando trampas mágicas en los árboles y los elementales se escabullían por las hojas de cristal para camuflarse entre ellas y crear una emboscada a las afueras del bosque.

Los osos se abrían paso entre los árboles para estocar con sus pesadas garras a los trols que se aproximaban, un par de pardos esperaba a que un par de castores tumbasen un árbol para asestar golpes con su tronco; los caballos eran montados por hechiceras y humanos que blandían sus batones y espadas a diestra y siniestra alrededor de las piernas de los gigantes que destruían árboles a su paso.
Una ola de felinos los socorrían comenzando a escalar sus piernas para alcanzar sus rostros y así cegarlos, varios de los felinos eran aventados a lo lejos en actos desesperados de los gigantes por arrebatárselos de encima.

El príncipe Jarz luchaba por esquivar los hechizos que cruzaban el campo de batalla, se abría paso entre cadáveres blandiendo su espada hábilmente, las brujas invocaban esqueletos a su alrededor, que él volvía añicos con sutiles movimientos de muñeca. Los Ents se unieron a la batalla junto al ejército del príncipe y aventaban bolas de enanos a las hordas de troles que cada vez eran mayores, éstos emergían de la tierra como hormigas.

La batalla se trasladó a un pequeño estanque en medio del bosque, dónde ninfas de agua ahogaban duendes y generaban olas para anclar las piernas de los gigantes al estanque. Las horas pasaban y los heridos se acumulaban encima de los cadáveres, la horda Kelkit parecía infinita mientras que el ejército de Venalta se reducía cada vez más.

El sol anunciaba su salida y con él una gran explosión retumbó en medio del estanque, un poderoso hechizo realizado por cuatro brujas, una invocación, con el cadáver de un humano que estaba en el fondo del estanque, reformaron su cuerpo y le devolvieron a la vida para crear un clon del príncipe Jarz. El impacto causado entre la multitud era enorme, éste clon había comenzado a batallar con una ferocidad incluso mayor que la del mismísimo príncipe.

Jarz entró en desesperación, y corrió a esconderse, el pánico lo invadía rápidamente y no podía blandir su espada nuevamente, no ante tal abominación de la naturaleza, un clon de sí mismo, que gran mala jugada para la batalla, alguien que pudiese alcanzar –por no decir copiar- todos sus movimientos incluso antes que él mismo los realizara. Era inaudito el terror que ahora recorría su cuerpo, sus dientes comenzaron a castañear y la figura de su padre comenzó a formarse delante de él.

-¡Levántate! –gritó con una voz espectral. –No te entrené para que fueses un cobarde.

-¡Pero no puedo padre! –chilló Jarz al borde de las lágrimas. –Estaría peleando conmigo mismo y ese es alguien a quien no puedo vencer.

-¡Oh mi Jarz! Siempre fuiste hábil con la espada, pero tu sabiduría no crecía tan rápido como tu destreza. –susurró paternalmente, la multitud continuaba en su lucha alrededor, y Jarz se encogía cada vez más para no ser alcanzado por el filo de una espada o el destello de un hechizo. –Las mayores batallas son las que se libran internamente, y justo ahora debes hacerle frente a este desafío. Nadie podrá vencerlo, nadie más que tú. –se detuvo para tomar su mano y ayudarlo a ponerse de pie. –Tú y sólo tú podrás vencerte a ti mismo. Nadie más alcanza tan inigualable poder…

-¿Cómo estás tan seguro de ello padre? –preguntó Jarz. -¿Qué te hace creer que soy lo suficientemente bueno para vencerme a mí mismo?

-Eso, hijo mío, deberás descubrirlo tú. –hizo una pausa y señaló donde debía estar el corazón de Jarz.

–Todo está aquí. –movió su dedo transparente hacia su cabeza. –Pero sobretodo, está todo aquí.

Y sin más que decir, el cuerpo de su padre comenzó a desvanecerse para dejar a Jarz solo, en medio de una batalla que no creía poder ganar. Un calor recorrió su cuerpo y un eco lejano alcanzó sus oídos Lucha por ellos, dijo la voz.

De la nada, el clon del príncipe cayó frente a él, un grupo de gigantes estaban destrozando esa zona del bosque, las hojas de cristal caían sin piedad sobre la piel de Jarz y hacían cortes irregulares en todo su cuerpo. Su clon se levantó y se enzarzó en una batalla contra Jarz, sus espadas desprendían chispas al chocar una con otra, el clon realizó un tajo en el brazo izquierdo de Jarz y su espada cayó con un sonido tronador; los gritos de guerra de todos los que peleaban en ese momento, de repente fueron callados por el dolor ardiente que ahora recorría su brazo. Jarz decidió correr, con el clon pisándole los talones, acciones evasivas eran realizadas con destreza, Jarz saltaba cadáveres y enanos por doquier sin voltear ni un momento; una mano enorme lo agarró y elevó del suelo, el dolor aumentó y la presión de la mano comenzaba a hacer tronar sus costillas, el pequeño cuerpo de Jarz no podría soportar más, vociferaba maldiciones al gigante que lo había capturado mientras este sólo reía y apretaba con más fuerza, sus huesos amenazaban con destrozarse, pero el agarre del gigante comenzó a ceder. Jarz pensaba que éste lo liberaría, pero en su lugar, apuntó con su mano a un grupo de árboles, la llevó hacia atrás tomando fuerza para así aventarlo bestialmente contra uno de ellos.

Jarz, vio como todos y cada uno de los guerreros de su ejército iban cayendo como gotas de agua en el suelo, cuerpos se dejaban llevar por los pies de los trols, mientras otros eran aplastados por los gigantes, las brujas revivían cadáveres a su paso que se unían para luchar a su lado mientras que las hechiceras perdían su poder siendo asesinadas sin piedad por troles y duendes; las ninfas se habían retirado de la batalla y ahora pocos guerreros quedaban de pie, era una lástima que no podrían ganar, no podrían liberar a Venalta de los Kelkit.

El clon se acercó en silencio detrás del frágil cuerpo del príncipe y con un corte ágil de su daga degolló al joven quien se había entregado a su merced, sabiendo que nunca podría ser capaz de vencerse a sí mismo.

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