Ciclo Dental - Luis González


Él había tenido pesadillas anteriormente pero nunca una como esta; todo comenzó hace un mes aproximadamente, se había despertado a media noche igual que hoy, su cama estaba empapada de sudor, su pulso estaba acelerado, su rostro le dolía intensamente y su cuerpo temblaba de pies a cabeza, había soñado algo espantoso.

En el sueño, él estaba de pie en medio de una habitación totalmente a oscuras; de la nada, frente a él un lavabo de cerámica con espejo apareció, se acercó lentamente para observar su reflejo, sus cejas pobladas resaltaban la delgadez de su rostro junto con la quijada recta que poseía, sus ojos café totalmente oscuros reflejaban con nitidez el pánico y la ansiedad creciente en su interior; bajó la mirada al lavamanos y refrescó su rostro con un poco de agua.

Al mirarse nuevamente en su reflejo, toda su mandíbula estaba bañada en sangre, observó sus manos que al igual que su rostro, estaban teñidas en un rojo intenso; la porcelana ahora estaba cubierta con sangre, un alicate de punta afilada estaba a su derecha; a su izquierda estaba un pañuelo empapado con el líquido que en este instante retumbaba en su tímpano, veía en el desagüe un montón de formas blancas manchadas de éste, tenían una forma puntiaguda y otras terminaban rectas, pero su mente no lograba asociarle alguna palabra para describirlas, trató de articular algo, pero su mandíbula comenzó a dolerle demasiado, abrió sus fauces y se detalló en el espejo, sus dientes, habían sido todos arrancados de raíz; sangre emanaba a borbotones por los espacios que éstos habían dejado; inmediatamente, todos los nervios de su boca comenzaron a gritar, un dolor insoportable que lo obligó a tirarse en el suelo y retorcerse sin parar, gritaba por la angustia que sentía, la desesperación se apoderaba de él a cada minuto que pasaba y la sangre no paraba de brotar.

Se levantó nuevamente en contra de su voluntad, tomó uno de los incisivos que se encontraban en el desagüe y comenzó a incrustarlo de nuevo a su legítimo lugar, el líquido carmesí continuaba saliendo mientras los gemidos y el dolor no le abandonaban; y así, uno a uno los encajó bruscamente donde pertenecían.

Ahora esa pesadilla le atormentaba todas y cada una de sus horas de descanso, al despertarse, su rostro dolía como si todo hubiese sido real y no lograba conciliar el sueño nuevamente, debía tomar pastillas para dormir la primera vez, pero una vez se despertaba por causa del sueño, no volvía a pegar un ojo en toda la noche.

Su rostro no mostraba indicios de cansancio —siempre había tenido ojeras naturales— pero su mente se revelaba taciturna, se negaba a generar pensamientos coherentes y le causaba un estrés de muerte que no le permitía desenvolverse ante la sociedad como lo hacía antes, sus sonrisas del pasado se habían convertido en caras largas hoy día.

Un mes sufriendo estigma psicológico, pasando noches en vela y repitiendo la misma pesadilla una y otra vez en su cabeza sin dejar de pensar en qué demonios significaba la misma.

Dos semanas luego de haber cumplido el mes de la pesadilla, decidió buscar ayuda de todo tipo, preguntó a sus amigos pero todos respondían lo mismo: que buscase en la web; el internet, esa detestable red de comunicación a distancia que no le causaba gracia alguna, era su último recurso, expertos le decían que quizás presentaba problemas psicológicos, que no estaba a gusto con su cuerpo, con su rostro; pero él sabía que había algo más allá detrás de ese simple y aterrador delirio.

Una semana después, decidió apelar por el tan afamado recurso, comenzó buscando el significado de los sueños, muchos de ellos no tenían alguno, a menos que tuviesen factores extra que señalaran algo diferente en ellos; a ello le siguió una búsqueda fortuita de motivos de sueños con el enfoque hacia la dentadura, variedad de aquellos artículos decían que dependiendo de la violencia observada en el sueño, podría ser bueno o malo, pero que si en tu ilusión tus dientes caen sin razón alguna, alguien cercano a ti podría morir...

Aquel delirio no era siempre el mismo pues varias veces soñaba que él mismo era quien los arrancaba; otras, los huesos caían por sí solos, tal como la nieve cae del cielo; el único factor constante, eran la dentadura, el lavabo y que una vez terminado el proceso de la caída de sus dientes, éstos volvían a su lugar por arte de magia para así repetir el ciclo una y otra vez hasta que se despertase.

Un par de días después tuvo su primera noche de descanso, durmió en toda su extensión, plenamente, sin ninguna molestia imaginaria; él, agradecido por el milagro ocurrido y que sus seres queridos estuviesen ilesos, continuó su día con tranquilidad, salió de su hogar, reanudó su anterior rutina diaria de ir al trabajo, alimentarse fuera en algún restaurante y volver a casa para descansar.

A mitad de la noche despertó, su cuerpo cubierto por una fina capa de sudor, nuevamente su pulso estaba acelerado, la ansiedad crecía a medida que regulaba sus latidos y su mandíbula sin solución alguna, dolía de manera infernal. Se levantó para vaciar su vejiga, cuando entró al cuarto de baño, notó que en su lavamanos estaba tendida una toalla y a su lado se hallaba un lúcido alicate.

Obligó a sí mismo a convencerse que su pesadilla lo invadía como las veces anteriores, que esta vez la variante del sueño diabólico era que parecía estar despierto, pero no era nada más que una nueva versión de su disgusto nocturno. En desesperación y por culpa de esa ansiedad que lo recomía por dentro, se postró frente al lavabo y tomó firmemente el alicate. Una corriente nerviosa recorría todo su cuerpo y causaba que su mano temblase sin parar; al menos esta vez siento algo además del dolor —pensó, y procedió a tomar el primer incisivo central con la herramienta, inspiró profundamente y jaló de esa extensión para así comenzar con la tradición de su pesadilla.

Uno —comenzó a contar. Solo restaban 31 endemoniados para que reaparecieran y así despertar de su pesadilla. Pasaron varios minutos y él había arrancado uno por uno sus incisivos, las manos cada vez perdían sus temblores y ahora tomaba los dientes con más firmeza; los colmillos siempre eran más difíciles de desprender, resbalaban por el borde del instrumento y se le dificultaba tomarlos, con el tiempo había notado que en sueños, procedía primero con los premolares y luego con el espacio libre podía tomar los colmillos con facilidad. Y así repitió su ensoñación hasta que solo quedaban las muelas del juicio; el líquido rojo recorría todo el cuarto, las paredes estaban chispeadas con pequeños puntos escarlatas, mientras que en sus fauces, un sabor metálico invadía su paladar. Sentía como la fibra de su encía se estiraba y desgarraba a medida que los nervios y la raíz de sus dientes se aferraban a ellas haciendo el sufrimiento aún más insoportable que antes.

El dolor le había entumecido el rostro, le sentía pesado y ajeno a sí mismo, una vez separados los últimos premolares de su raíz, el dolor se atenuó significativamente mientras que el torrente de sangre extendía su camino hacia el suelo cada vez con más ferocidad.

Treinta —murmuró como pudo, su mandíbula no podía articular correctamente; ya solo quedaba uno, un desgraciado más y todos volverían a su indiscutible lugar, su pesadilla terminaría y despertaría para así comenzar su rutina diaria; pero sus manos comenzaron a temblar, observó todos sus dientes en el lavabo, cada uno mostraba signos de forcejeo, a su vez, el alicate había perdido casi totalmente su agarre. Su respiración aceleraba con cada minuto que pasaba, una sed inexplicable pedía algún líquido en su garganta. Tomó nuevamente el alicate y lo acercó a su rostro con un pulso débil que hacía a la herramienta sacudirse excesivamente en su mano, el trasto cayó de sus manos, sus piernas perdieron su fuerza, renunciando así al peso de su cuerpo causando que lo llevase directamente al suelo junto al útil que anteriormente había soltado.

Solo uno más —pensó. Él no permitiría avivarse sin haber logrado vencer su pesadilla, con el semblante de lado y la mejilla derecha embarrándose con sangre, hizo un esfuerzo por tomar de nuevo el arma que le permitiría la liberación; su visión comenzó a nublarse y su estómago se revolvía, soltó nuevamente la herramienta y se entregó nuevamente a su despertar; pero eso no era más que una estúpida ilusión pues su cuerpo descansaba al pie del lavabo, mientras su voluntad lamentaba no haber vencido a su alucinación, la cual después de casi dos meses atormentándole —dejándose llevar por la locura del insomnio— le permitió desangrarse en su lavabo, siendo su muerte aquella la que tanto se auguraba.

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